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VIAJES Y COOPERACIÓN

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jueves, 6 de noviembre de 2008

EN EL CORAZON DE AFRICA

(Cuento original de José García Botía, versión de Alejandro Romera)


La historia que os voy a contar a continuación ocurrió en un extraño planeta en el que habitaban muchos seres de diferentes clases. Entre todos los seres había algunos que eran especialmente raros, eran realmente muy extraños, se hacia llamar seres humanos, cosa bastante curiosa ya que en la civilización que habían construido no se respetaban lo más mínimo lo que nosotros en nuestro planeta conocemos como derechos humanos…
Entre todos esos seres humanos había un grupo de personas muy, muy ricas… Algunas de ellas eran gobernantes, otras presidentes de grandes empresas…
Todos eran muy codiciosos y malvados, excepto uno.
Precisamente ese era lideraba a los demás ya que presidía la nación más poderosa del planeta. Era una persona bondadosa, generosa, solamente pensaba en llevar la libertad, la democracia y la justicia a todos los rincones de aquel planeta, pero muchos le acusaban de todo lo contrario.
Él sabía que la única manera de poder actuar como un presidente justo y generoso era tener colmadas todas sus necesidades económicas. De esta manera al no tener que preocuparse de su situación económica, podía dedicar todos sus esfuerzos a combatir el mal en el mundo.
Con el fin de llevar a cabo su humanitario objetivo de acabar con las dictaduras, la pobreza y las guerras, necesitaba ser el presidente más poderoso de aquel planeta, y para conseguirlo no le importaba gastar muchísimo dinero en inventar y fabricar armas para sus ejércitos.
Como gastaba y gastaba tanto, ni las riquezas de su país le eran suficientes. “¿Cómo podré conseguir más dinero?”, se preguntó intranquilo el presidente.
Entonces, se dio cuenta de que en el mismísimo corazón de uno de los continentes de aquel planeta donde la gente era negra y hablaba extraños idiomas había otro país aún más rico que el suyo; era enorme y estaba rebosante de oro, diamantes, petróleo…
pero sobre todo, tenía unos minerales rarísimos con unas propiedades extraordinarias que les hacían insustituibles en la fabricación de naves espaciales, teléfonos móviles y armamento. Todos estos minerales se pagaban bien en el mercado internacional pero, sin lugar a dudas, el producto estrella era el coltán, un mineral imprescindible, entre otras cosas, para los teléfonos móviles o consolas de videojuegos de última generación, de esos que tanto se consumen en los países en los que vivían ese grupo de personas tan ricas y poderosas.
Sin embargo -¡paradojas de la vida!-, en este país de negros tan escandalosamente rico la mayoría de sus habitantes vivían en la miseria. Sacaban el oro y los diamantes a mano. No poseían grandes maquinarias, ni industria, y apenas tenían ejército.
El presidente, con los ojos y el corazón llenos de bondad, pensó: “¡Hay que ver, con la falta de dinero que tengo yo para llevar a cabo mis nobles objetivos y en ese enorme país, cargado de oro y diamantes, desperdician el tiempo y el terreno sembrando maíz! Esto no es justo, he de hacer algo”
Dándole vueltas en su cabeza estuvo el presidente para ver la manera de cómo apoderarse de tanta riqueza. Solo no se atrevía… de pronto se le ocurrió una idea: “¡Haré una alianza!”
Visitó, pues, a dos presidentes de dos países fronterizos con el gran país situado en el corazón de África, y les hizo la siguiente propuesta:
“Vosotros para mí sois como hermanos. Tenemos muchas cosas en común. Pertenecéis a un pueblo noble, inteligente, astuto y civilizado. Sois fuertes y orgullosos. Sin embargo tenéis por vecino a un pueblo vago que sólo piensa en la canción y en el baile. Son incapaces de explotar los tesoros que su país esconde. Ahora son débiles pues están casi sin ejército. ¡Ayudadme y os haré ricos! Juntos traeremos la paz al continente, aunque para ello necesitamos emprender una guerra, una guerra justa y necesaria, por el bien los habitantes”
Así, entre agasajos y codicia, el presidente convenció a los gobernantes de estos dos países y quedó planificado el saqueo en el corazón de África, que era el nombre con que se conocía aquel continente.
El presidente, cuyo país poseía un gran ejercito, suministró armas a sus aliados, y de este modo, bien pertrechados bélicamente, empezaron una guerra encubierta invadiendo el riquísimo y enorme país centroafricano. El mundo no entendería que para conseguir que aquel planeta fuera un mundo en el que floreciera una justicia infinita junto a una libertad duradera, él tenía que provocar algunas pequeñas guerras en la que morirían algunas pequeñísimas cantidades de personas, era el insignificante sacrificio para conseguir un mundo noble y en el que mereciera la pena vivir.
Joseph podría considerarse uno de esos insignificantes sacrificios.
Joseph no entendía por qué su madre le había despertado aquella noche entre gritos de desesperación, no entendía por qué había tenido que salir de casa corriendo con la única compañía de la luna como testigo y sin tiempo siquiera para coger sus escasas pertenencias entre las que no se encontraba por supuesto un teléfono móvil.
Al girar la cabeza ya a lo lejos sólo pudo ver una columna de humo emerger entre los árboles de la selva. No comprendía por qué pero unos soldados acababan de incendiar su aldea. La guerra acababa de comenzar.
Los soldados aliados se dedicaron a matar y a robar. Entraban en los poblados y se llevaban toda la comida, las medicinas, el combustible y cualquier cosa que les gustara. La gente huía al menor rumor sobre la venida de los soldados. Cogiendo algún kilo de arroz y alguna manta salían corriendo para refugiarse en la selva.
Los que no lograban huir a tiempo ponían en peligro su vida. Muchos fueron obligados a trabajar como esclavos en las minas. Las mujeres eran violadas y los niños eran raptados para convertirlos en soldados.
El gran presidente permitía que todo esto sucediera, al fin y al cabo, eran pequeños males por los que había que pasar para conseguir su gran objetivo.
De hambre, de enfermedades causadas por la malnutrición, de epidemias y asesinados por los soldados, en tan solo cinco años murieron más de cuatro millones de personas.
Pero la capital del rico y gran país situado en el corazón de África se resistía a claudicar ante el invasor, ¡no comprendían que era por su bien! y con ello se impedía que todo el territorio quedara en poder de los ejércitos agresores.
“¡Este pueblo mísero resiste más de lo esperado! ¿Qué puedo hacer para controlarlo TODO por fin?... ¡Ah sí, ya sé!” Y el Gran presidente ideó una campaña propagandística internacional para convencer a los presidentes de otros países del mundo diciéndoles:
“Mirad lo que ocurre en el corazón de África… Es un país tan grande…y con un número excesivo de tribus. Cuando tienen un poco de libertad se dedican a guerrear entre ellos”.
Más tarde añadió: “¡Deberíamos actuar! No podemos dejar que se sigan matando de esta forma tan bárbara. De continuar así, van a acabar con toda la población”.
Y tras disfrazar de humanismo sus intenciones de adueñarse de todas las riquezas de aquel país, el presidente codicioso propuso hipócritamente a los demás presidentes lo siguiente:
“la única solución yo os diré cuál es: Primero haremos un bloqueo a la venta de armas en la región en conflicto. Con ello evitaremos que compren armas y no podrán continuar con sus guerras. Yo, generosamente, ofrezco mis ejércitos para vigilar esta primera operación”.
“Después estableceremos un nuevo gobierno compuesto por el actual presidente de ese enorme y rico país en conflicto, junto con los dos o tres líderes más importantes de las guerrillas. De este modo, estando en el poder los rebeldes, ya no tendrán motivo para seguir matando a la población”.
“Por último, este nuevo gobierno de transición, creará las bases para que haya elecciones libres en un par de años”.
Tan convincente se mostró el presidente, que esta idea llegó a ser debatida hasta en la mismísima Organización de las Naciones Unidas, un organismo que aquellos seres habían inventado y que al final siempre acababa doblegándose a la voluntad del más fuerte.
Y la pobre gente del pueblo vivía sin entender. No comprendía el por qué de tanta muerte. No entendía cómo el oro o los diamantes podían ser más importantes que la vida de las personas…
No entendían lo que significaba Libertad Duradera ni Justicia Infinita, a costa de tanto sufrimiento y dolor.
No entendían…
¿Cómo podrían explicarse que de esta guerra, posiblemente la que más muertos ha provocado tras la segunda guerra mundial, apenas se sepa de su existencia en Occidente? ¿Quién se está beneficiando realmente de todas las riquezas que este país posee? Los que intentan llegar al poder tras matar a cuatro millones de personas, ¿al servicio de quien estarán realmente? ¿podrán las soluciones propuestas por los responsables del conflicto acabar con la violencia que ellos mismos han provocado?
Demasiadas incógnitas…
Y… colorín colorado, esta historia que por desgracia no es ningún cuento, en la República Democrática del Congo aún no se ha acabado.





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