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VIAJES Y COOPERACIÓN

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miércoles, 15 de septiembre de 2010

EL NIÑO DE SYABRUMBESI

Un autobús abarrotado luchando contra los baches y derrumbes de una carretera maltrecha por el monzón. Todos los asientos están ocupados y no para de entrar gente. El techo va abarrotado de personas acurrucadas entre las mochilas y los plásticos. En el pasillo se amontonan sacos a reventar, mochilas y personas de todas las edades en posturas inverosímiles.
Cuando parece que es imposible que un solo alma más se introduzca en el autobús, el conductor para en cualquier cuneta para que bajen quizá tres o cuatro personas y suban diez en su lugar. El aire se torna cada vez más axfisiante y el olor por momentos se hace insoportable.
En una de estas paradas, entre empujones y sonrisas, un niño de unos 8 años se sube al bus y se queda de pie a nuestro lado sin apenas hacer ruido, serio y callado. Su aspecto no es demasiado malo. Su pelo, aunque algo sucio, parece peinado. Sus ropas no están rotas y en sus hombros descansa una vieja mochila que se adivina semivacía.
Aparentemente viaja solo, ningún adulto parece acompañarlo. Lo que más llama la atención es su mirada, profundamente triste.
El silencio lo acompaña. El barullo del autobús, el gentío, las voces, golpes y empujones no parecen afectarle.
Poco a poco, la marea humana le va arrastrando hasta las inmediaciones de nuestro asiento. Sus ojos apenas se mueven, no parece que haya nada que llame su atención. La tristeza de su mirada parece expandirse por todo su rostro. Parece cansado.
Patri y yo nos apretamos aún más si cabe y con un gesto de mi mano le invito a sentarse en un trocito de nuestro asiento. Casi sin mirarnos, se sienta con timidez sin ni siquiera levantar su mirada.
Patri coge una barrita de cereales con chocolate y se la da. Un apagado y tímido "thank you" se escapa de sus labios sin que sus ojos, esos ojos profundos y tristes, imposibles de olvidar, se atrevan siquiera a mirarnos.
El autobús vuelve a parar a recoger gente, imposible saber las veces que ya lo ha hecho, el niño se levanta en silencio, con su mochila y su mirada a cuestas, se baja despacio y pronto le perdemos de vista mientras el autobús continúa abriéndose camino entre los baches y charcos. El niño ya se ha ido, pero la tristeza que su mirada dejó, no se irá tan fácilmente.

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