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VIAJES Y COOPERACIÓN

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viernes, 10 de septiembre de 2010

PERROS DE KATHMANDU

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Entre los montones de basura y los niños corriendo, entre motos, coches y autobuses, una mirada cansada, en cierta medida ausente.
Miles de perros recorren vagabundos las calles de una ciudad sin ley que no tuvo compasión con ellos. En grandes grupos o en solitario, olfatean entre los escombros con la terca ilusión de encontrar algo de alimento.
Sus pequeñas patas dejan casi a la vista unos huesos cubiertos tan solo por el pellejo de una piel ennegrecida y rota. Sus ojos, con una expresión humana en ellos, te observan y te preguntan que hicieron para merecer esto.
Y tú ni siquiera puedes mantener esa mirada en ellos, no puedes devolversela ante la mezcla de pena y asco que te produce su visión.
Tumores de proporciones inimaginables adornan sus cuellos, la piel en carne viva y heridas que dibujan su cuerpo.
Un perro flaco y viejo cojea en una calle de Kathmandu. A duras penas llega hasta nosotros y nos mira durante unos segundos. Al poco rato se va despacito, cruzando por la misma carretera que vino. Sin poder apoyar una de sus patas, poco a poco va haciendo malabarismos entre las motos y coches que circulan a gran velocidad a escasos centímetros de él.
Finalmente consigue cruzar y al poco rato desaparece entre el gentío que abarrota una de las calles de esta ciudad cruel, ajena como siempre a su hambre y su cojera.
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